28/3/07

Alfa

Al llegar supe que el doctor le había recomendado reposo. Tres o cuatro días en cama.
–Mejor dicho –dije– otros tres o cuatro días en cama.
Mi mamá, que no escuchó bien, me repitió el diagnóstico y puso su mejor cara de preocupación. Dijo que el viejo ya estaba en edad de cuidarse y agregó una frase que me gustó:
–Ya no le sobra cadena para tanta bicicleteada.
Ahora no recuerdo bien si me dijo que “viera la forma de conseguir estos remedios (al tiempo que me pasaba una receta)” o si me pidió “unas monedas para comprar esto (al tiempo que me pasaba una receta). De todas formas, recuerdo que fui a mi habitación, me saqué la ropa que llevaba puesta, abrí el armario, y me puse a seleccionar la camiseta.
Con la casaca blanca del Real Madrid me fui al partido de todos los viernes con los muchachos. Como es bastante sorda, creo que no escuchó cuando le dije: –No vengo a cenar.
Al levantarme en la mañana sentí que mi padre le hablaba, a los gritos, a mi madre.
–... trabajo. Ni siquiera un libro, puede creer usted que le regalé El Quijote y ahí lo tiene hace cuatro meses, abajo de una caja de zapatos.
–Sí, viejo, sí. Me acuerdo –contestó mi madre.
Él siguió refunfuñando incluso hasta que mi madre salió de la cocina y, descarado, también cuando yo llegué a la cocina. Para darle bronca, hice este comentario:
–Mmm, que rico. Qué está haciendo de rico viejita linda –grité para que oyera mi madre.


Además de yo y mis padres (me pongo adelante sólo para contradecirlo:”El burro por delante”, decía cuando me nombraba en primer término), mi familia estaba integrada por mi linda y dulce hermanita: Maribel tenía 7 años, era regordeta, rubia y muy picarona, y con la inteligencia que hoy en día es común en los pibes que vienen a este loco mundo. Ah, tengo que agregar que mi padre incluía a sus tres perros; Tango (un feo, sucio y retraído Setter irlandés), Gardel (un Dogo argentino que siempre me odió) y Malvina (una rebelde pero noble Ovejero alemán).
Gloria, mi madre, era un elefante; grandota de cuerpo, no había hecho otra cosa en su vida que trabajar y trabajar para sacar adelante a su familia. Desde que se estaba quedando sorda, había perdido peso en la casa. Era casi como una mucama a la que llamábamos mami. Julio, era su esposo y también mi papá. Más bien petiso, los 51 años lo arrastraban en una tormenta de decaimiento general; un cabello que estaba perdiendo sus componentes laterales, ojeras que predominaban sobre unos ojos negros insulsos, una nariz diminuta pero algo deformada por alguna piña del pasado y dientes amarillos por el cigarrillo y el café; su aspecto general, en honor a la verdad, era mucho peor desde que sucumbió en el mal del trago y el juego.
Los problemas entre los dos comenzaron cuando me fui haciendo grande y fueron en aumento según mis etapas; preferí a mi madre cuando era niño, lo ignoré en la adolescencia, y me llevé a los tropezones cuando cumplí 18. Frase corta, tal vez exagerada, tal vez cierta:
Nos unía la sangre, nos podía llegar a separar lo mismo.
Recuperado, acometió de nuevo.
–Mucho fulbo y poco estudio usté –me dijo con esa manera de hablar tan suya.
–Y usté –acá fui irónico– mucho juego y poca presencia.
Los gritos y puteadas fueron bastante fuerte ya que mi madre llegó corriendo y gritó (siempre lo hacía desde que no escuchaba bien):
–Qué son esos gritos, ¿acaso ustedes dos quieren que los vecinos se rían de nosotros y nos tilden de mala familia?
Sólo la aparición de Maribel, en piyamas y media dormida, calmó los ánimos.
–Ves lo que lográs con tus gritos –sentencié.
El almuerzo transcurrió en paz. Mi madre le preguntó a mi hermana cómo le iba en la escuela, yo le hice bromas sobre supuestos novios y mi madre me pidió que esa tarde la llevara al cine. Dije, no puedo, los chicos me pasan a buscar en seguida. Julio habló:
–Yo tampoco, a las cinco de la tarde quedó en venir don Moya para hacerme un presupuesto de una puerta.
Mi madre, feliz, preguntó:
–¿Vamos a cambiar la puerta de entrada? Qué lindo, hace años que se viene abajo, y claro si está ahí desde que hicieron la casa, en el ’75; también podríamos aprovechar...
–No, no –interrumpió Julio–. Baje la velocidad mujer, no cambiamos nada, agregamos una, mejor dicho.
–Yo quiero una Barbie –pidió Maribel.
–Cómo es eso –intervine–. Otra puerta, ¿dónde?
Julio contestó el pedido de Maribel. Le prometió una para cuando cobrara. Después miró a mi madre y, respondiéndome a mí, le dijo:
–La puerta se va hacer en la habitación de él. De esa forma todos podemos salir al patio más rápido y cómodo. Vos mujer, por ejemplo, no vas a tomar tanto frío cuando salgás a tender la ropa recién lavada.
Creo que no lo interrumpí porque pensé que era una broma. No lo era. A las cinco, me enteré después, vino don Moya, el albañil.
En la cena, Julio se veía contento, gozoso diría yo. Mi madre estaba callada y mi inocente hermana, sobornada con una nueva promesa: su ansiada muñeca le sería entregada el mismo lunes.
–Al final –dijo el descarado– no nos va salir tanto como pensamos. Claro está, va ser una puerta humilde, con la única función de habilitarnos una salida exprés al patiecito.
Yo me había bañado y había colgado prolijamente la camiseta usada esa tarde para ir al centro con los muchachos: de imponente azul y blanco, la número 4 del Inter de Italia era una más de mi preciosa colección de camisetas de fútbol, que ya ascendía a un total de doscientas.
Mirándolo directo a los ojos, empecé:
–Ni en pedo dejo que hagan una puerta en mi habitación.
–Oponerse por oponerse no tiene sentido. Dame una razón lógica.
–...
–Ves, no sabés qué decir. Se hace y punto –dijo.
Luego, antes de levantarme de la mesa, agregué:
–Sólo la hacés para romperme las pelotas y para poder joder con tus perritos.
Un tiempo después, algo así como un mes, la puertita estaba en mi habitación. Mi padre, una vez más, muy enfermo de sus castigados pulmones: mi madre, cada vez más sorda.
Fue un sábado porque recuerdo claramente que salí a bailar. Volví y me acosté, sentí un chiflete de frío; finalmente me dormí. Al despertarme, para estar en casa, quise ponerme la camiseta del Porto de Portugal. Para mi sorpresa no la encontré. Para mi muerte en vida, a decir verdad, no estaba esa ni ninguna otra.
No sé por qué me di vuelta y clavé mis ojos en la ilustre puerta. Estaba medio abierta, el candado roto tirado en el piso. Empecé a gritar, insultar. Media hora después no podía creer lo que escuchaba:
–Y qué querés que hiciera, Tango, Gardel y Malvina durmieron adentro para hacerme compañía; tu madre durmió con Maribel porque lloraba por una muñeca que quiere que le compre. Yo enfermo, me vino bien el abrigo de unos amigos. Cómo saber... Qué país, ya no se puede vivir sin que uno pase a engrosar la lista de víctimas del robo.
Dos meses después aún lamentábamos la insólita muerte de mi padre. En otra de sus escapadas al juego, se olvidó las llaves. Estaba enfermo, hacía frío, mucho frío. Con mi madre sorda, mi hermana en casa de una compañera de la escuela y yo en un inusitado sueño profundo, se pasó cinco horas expuesto al terrible clima. Murió, una semana después, de una feroz pulmonía.
Repito, hacía mucho frío. Tanto, que yo ahora duermo en la habitación que antes ocupaba él. Mi madre en la de Maribel, que ahora disfruta en mi antigua habitación de la cercana presencia de Tango y Malvina. Gardel, el dogo, sucumbió a un envenenamiento.

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5 comentarios:

Facundo dijo...

jeje que lindo hijito

muy buen cuento

maldita agua no? te salvaste de la derrota semanal...

Meru dijo...

jajjajaja re bueno xD

LadyinBlack dijo...

Y, las relaciones con los padre, son siempre conflictivas. Seguinos contando de tu vida!, Besotes

*MariJu-Pollita* dijo...

Si es verdad...
No se que decir...
Si es ficcion...
Sabes como impactar...
Besote...

Pamela dijo...

Objetivo logrado: me cagué de la risa con el post y con tu blog. Anduviste hace tiempo por el mío y no te había devuelto la visita , com quién dice. Amo Mendoza, me falta por conocer. Por ej. nunca estuve en Tunuyán. Y esas cuevas que mencionas ya están anotadas. ¿Sabes algo de un encuentro que se hace todo los años en la frontera con la gente de Talca del lado de Chile?