3/3/07

EL EGO ENANO

¿Nunca han vivido en un barrio? Deberían hacerlo. Un barrio contiene ese no sé qué... encierra amigos, charlas amenas con los vecinos, historias de toda clase, encierra afinidades y de vez en cuando, nuevos y sorprendentes vecinos. Hasta ese 19 de enero mi vida era una constante repetición de emociones y escenas: por la mañana cumplía con la despreciable costumbre del género humano que es la de trabajar. Almorzaba, leía el diario y luego me disponía a cumplir un nuevo capítulo del rito de mi pueblo; la siesta. A eso de las cinco o seis de la tarde –según la hora en que me había logrado dormir– me despertaba, tembo y con leve dolor de cabeza, para tomar mi merienda. Esperaba (leyendo) que se hicieran las siete y me iba a jugar al tenis. Regresaba, cenaba y me acostaba sufriendo de tanto pensar que cuando despertara me esperaba esa despreciable costumbre humana.
Tembo y con un leve dolor de cabeza, ese caluroso día de enero a las cinco de la tarde un camión de mudanzas irrumpió la lectura de uno de los volúmenes de Las Mil y Una Noches. Arriba del acoplado en cuya costilla se leía “Mudanzas El Rápido”, dos hombres bajaban y bajaban muebles en la casa de enfrente. Entre esos mueble pude ver una biblioteca.
– Encima lee –pensé, asociando un probable gusto en común.
Mientras no podía mas que mirar su vestido floreado largo y de atrayente escote, me preguntaba si alguno de esos dos que bajaban y bajaban cosas no sería su marido. La prueba de mi esperanza me la dio el pasar de los días: estaba sola.
No tengo que hacerme entender con un mensajito tipo:
“Estoy Enamorado”.
Enamorado, caliente, sediento, hambriento, interesado y otros adjetivos también podrían ajustarse a mi situación en los días que siguieron a la llegada del camión de mudanzas.
El barrio me estaba proveyendo una oportunidad para apartarme de mi rutina. Con esta y otras esperanzas partí el 23 de enero hacia el club a jugar al tenis. Al emprender el camino con mi bicicleta noté que un auto, lujoso e imponente, estaba parado en la puerta de la casa de ella. Después de un doble 6-3 en mi contra –un problema con mi revés a una mano y otro con mi saque, me jugaron una mala pasada– regresé con mi bicicleta. Eran las nueve. La postal, luego señal de infinitas amarguras, no había cambiado. El auto, un Ford Escort Cabriolet de color rojo, lujoso y cada vez más imponente a mi vista, seguía inamovible en la puerta de mi vecina.
El agua inundaba el jardín como mis ojos a su vestido. El calor insoportable del enero cuyano se combinaba en asociación ilícita con el viento inexistente; los árboles estaban petrificados, las hojas se negaban a brindar un mísero y tenue aire. Mirándola acomodar muebles –¿dejaría la puerta abierta por algún motivo en particular?– en un ir y venir fino y transparente como su vestido, yo ya hacía planes para mi irrupción en su vida.
El tiempo, a veces portador de calamidades físicas, me dio esta vez una razón que aumentó mi ilusión: Alina –tal su precioso nombre– era muy dada con los demás vecinos. Esto era una alegría y, a la vez, una tristeza, pues como se imaginarán entre esos vecinos existían otros hombres.
“Tengo el número uno”, pensé a modo de turnos por carnicería.
Es que el 25 de enero ella me habló. Serían las ocho de la noche. Las montañas se devoraban los últimos restos del sol.
– Hola cómo andás –me dijo con una sonrisa.
Para qué negar el envión anímico que me otorgó esa forma personalísima de llamarme: “cómo andás”.
– Bien, y vos...
– Acomodándome a mi nueva casa. Tengo tantas cosas que hacer, tanto mueble que ubicar. Uno tiene que mudarse para darse cuenta la cantidad de porquerías y trastos viejos que tenía en su anterior casa.
– Me imagino... si necesitás ayuda... –ataqué, rápido y efectivo.
– Tu ayuda sería una bendición –contraatacó, rápida y efectiva.
Amén, me dije encarando también para su casa.
Si mi ego se hubiera representado en mi estatura, quizá no podría haber pasado por la puerta. Si al pasar la puerta, cuando empecé a pensar en lo que podría llegar a suceder, mi inseguridad hubiera representado mi estatura, enano sería un adjetivo muy “alto” para definirme. Podría haber entrado por la ventana.
Mientras acomodábamos cosas, comencé a preguntar. Me intrigaba la decoración y los muebles de la sala de estar. En un costado, una serie de sillones individuales en cuyo centro había una pequeña mesa con revistas. Colgado sobre la pared se observaba un botiquín de tapa cerrada en el que se leía un cartel que decía:
“uno a dos pesos, tres a cuatro”.
– Sos enfermera –le pregunté.
– Sí. Me especializo en curar corazones.
Sentados en dos de esos sillones –ella eligió el más cerca de mí– hablamos durante más de dos horas. Tenía la virtud de hablar fluidamente, con lo que logró que en poco tiempo yo perdiera mi timidez. “Una tiene la suerte de trabajar en casa”, me dijo después de que yo le mencioné mi reticencia a los trabajos de oficina. En un momento ella me preguntó la hora, lo que yo interpreté, al mismo tiempo que miraba mi Casio deportivo, como una seña para que apurara mi ataque.
– Las diez –le dije.
Mientras yo buscaba las palabras justas para concretar, escuché que ella dijo:
– Uh, a las diez iba a venir Raúl.
Se paró veloz y se perdió en el pasillo. Confundido, la seguí como perro alzado. Al llegar a uno de los dormitorios vi la puerta entreabierta, antes de que yo me animara a pasar ella la abrió. Pareció sorprenderse de que yo siguiera ahí.
– Nos vemos mañana –dijo sonriendo.
Antes de salir di una mirada al cuarto. Las paredes estaban todas forradas con cartones de huevos, como en algunas radios de segunda clase.
Me fui pensando en positivo: mi ataque y posterior éxito no habían sufrido una derrota o un fracaso, simplemente una postergación de veinticuatro horas.
El 26 de enero se presentó con un cielo encapotado. Por la tarde el gris de las nubes le dio paso al negro, los relámpagos a los truenos y así hasta llegar al granizo que cayó sin misericordia sobre la ciudad. Los cuatro días que siguieron fueron iguales. Sin embargo, eso no fue lo que ocupó mi atención. Invariablemente durante las noches la casa de Alina se llenaba de autos, no todos al mismo tiempo. Al único al que le vi reiterar su llegada fue al Escort rojo. Esto despertó mis celos, a los que quise cubrir con esa inmunda actitud propia de nosotros los hombres cuando empezamos a tratar a las mujeres como una conquista más, un número más: “No importa”, me dije. “Me acuesto con ella y listo, si te he visto no me acuerdo”.
El último día del mes toqué a su puerta. Comenzaría el siguiente mes de la mejor manera pensaba con esa actitud machista que ya mencioné. Ella me abrió y me hizo pasar amablemente. Me senté jurándome que no estaría mucho tiempo en ese sillón. Con esa estrategia como impulso, a los diez minutos me abalancé sobre ella. Le besé el cuello y la acaricié. Me negó sus labios.
– Acá no, para eso tengo el cuarto –me frenó.
– Vamos, vamos –le dije.
Una vez en el cuarto el viento lúgubre que a veces trae consigo la realidad comenzó a soplar.
– Acá podemos gritar todo lo que queramos, para eso está insonorizado. La media hora cuesta veinte pesos, no te puedo hacer precio porque en seguida viene Raúl y me controla todo, incluso los preservativos que están en el botiquín en la sala. Si no tenés ahí hay, uno cuesta dos pesos, tres cuatro, como dice el cartel. Apurémonos porque así no se juntan tantos clientes en los sillones. Por qué ponés esa cara... no me digás que no sabías, pero si estaba todo claro. Dale apúrate.
Media hora después, saludando a unos tipos que fumaban sentados en los sillones, salí a la calle. Sentí mucho calor. Febrero sería terrible.

17 comentarios:

Gaby dijo...

genial el cuento javi
que lindo escribis
espero otros
besito

Demian Ferrante Kramer dijo...

Gracias por visitarnos. Tenías que ser cuervo para ser buena gente!!

P. D'Orrys
(Yo saoy el Cuervo, y uno de los autores del Blog; el otro es gallina)

LadyinBlack dijo...

La verdad que muy bueno el escrito, y que decepción para el ego de uno!, pero bueno...

Lore Ortiz dijo...

En la mitad del cuento ya sabía lo que venía después, sin embargo quedaba espacio para la intriga por tu excelente forma de relatarlo.
El título me encantó.

Una buena historia... genial.

Un beso, chau
Lore

Ariel dijo...

MUY PERO MUY BUENO CHE
Y ESO QUE YO NO LEO NI EL HOSROSCOPO pero lo entendi bien.

abrazo

Alejandro Moreyra dijo...

Muy bueno el cuento!

Pero hay otra cosa que cambió en tu vida además de eso el 19 de enero!!
Empecé De frente Manteca
jajajaj

Un abrazo!!!!

Facundo dijo...

juas que putaza tu vecina

autobiografia?
jajajajaja

Juana Banana dijo...

espero y haya quedado el comment.

chuicks!

Juana Banana dijo...

nooooo se borró el anteriorrrrrr me muerooooo

uf me enchinché. Me gustó tu cuento, y me gusta mucho Mendoza.

abrazo con gusto a vino patero.

Anónimo dijo...

Estupendo el título, estupenda la historia y más estupenda la moraleja. Bravo, Javo.
Gracias por tu comentario a mi poema Una flor
Zahra

Andrés dijo...

tenis?
vecina?
trola?
estamos haciendo uan confesionn?
ja
todo tranqui poor aca

Javo dijo...

gaby: gracias nena te devuelvo el beso
PD ORRIS:vamos ganando!!!, que termine asi y la semana sera increible
Ariel: gracias hay que leer maás
Facundo: ¿?
Anónimo: Gracias, la próxima logueate así sé bien quién sos
Andrés: Soy agnóstico, sin confesiones

Isidora dijo...

Las rutinas nunca son buena, son tan... rutinarias (?).

Saludos!

gabulina dijo...

Nada que ver con nada no.. pero qué significa tembo? permiso voy a buscar en la RAE.

Gracias por pasar a mi templo de la loseridad

Khabiria dijo...

Excelente narrativa, muy buen enganche y el final bien logrado...una delicia pasar por aquí!
Un abrazo
:)

**mUmIx** dijo...

jajajajajajjajajaa... es bueno ver cómo de una historia tan cortita se puede decir tanto cuando uno sabe cómo decirlo. Si bien se perfiliaba desde antes cómo iba a terminar, tiene una estética muy personal.

Felicitaciones, me gusta como escribís.

Meru dijo...

Eso! Buena forma de escribir, pero triste final..