7/10/07

El día que fui un Puma

A diferencia del post anterior (donde, aclaro una vez más, todo es ficción) en este post algunas, sólo algunos, de los hechos que menciono son autobiográficos. Objetivo de este post: y... todo el mundo ahora en este país habla de rugby entonces no quiero ser menos, carajo!!!. Ya habrá tiempo de dejar de hablar de rugby cuando quedemos eliminados y empecemos a criticar a Los Pumas. NOTA: recuerden que el "leer más" no funciona, termina donde termina.


El día que yo fui un Puma: Si mi memoria caprichosa (que se empeña en recordar cosas como el cruce de piernas de Sharon Stone en Bajos Instintos o el día 25 de junio de 1995 cuando vi por primera vez campeón a San Lorenzo y los consecuentes días y días de festejos desmesurados), no me traiciona, esta historia sucedió un caluroso día de enero de 1998. Resulta que yo tenía 17 años y estaba al pedo, como todo verano, bah, como todo el año porque era estudiante de secundaria y, convengamos, que en las secundarias argentinas lo que menos se hace es estudiar. Resulta que quien era mi mejor amigo en ese entonces hace años que jugaba al rugby.
Mi inicio, mi tentación con el deporte cuya pelota salió mal de fábrica y quedó ovalada, fue así:
–Hola, ¿Javier?
–No, Homero Simspon, si Javier cumpa, quién va ser si me llamás a mi celular…
–Jaja, che en la siesta te paso a buscar para empezar a hacer algo –me dijo mi amigo.
–¿En la siesta? No hará mucho calor… por qué no empezamos a hacer algo cuando baje el sol…
–Te paso a buscar a las tres. Tuu tuuu tuuu tuuuu.
A las tres apareció mi amigo en su bicicleta y me dijo: Llevá pantalones cortos, medias y una camiseta para tirarte al suelo, vamos a entrenamiento del Belgrano Rugby Club.
Yo lo miré como se mira a un loco que anuncia a gritos que el fin del mundo llegará el día menos pensado. “Qué va a pasar el 8 de marzo”, le decís al loco.
No pregunten por qué, pero este futbolista nato con talento indiscutible cuya carrera en el amargo club de Pedal de San Rafael se frustró culpa de un cartílago que no se hacía hueso entre los 14 y los 16 años, aceptó.
Ya al llegar al club (sepan los no sanrafaelinos) que acá sólo hay dos clubs de rugby y están pegados el uno al otro, me sentí como mosca en un panel de abejas. Gordos y personajes recién salidos de los gimnasios de moda para marcar sus músculos me empezaron a recibir. De entrada el DT ordenó a dos o tres de estos monos que me llevaran para el fondo del club y me contaran la historia...
La misma cara que pusieron ustedes al leer “para el fondo” es la que puse yo, pero potenciado porque yo sería la víctima de todo eso si es que mi mente retorcida no se equivocaba al decirme que había caído en las garras del primer club gay de rugby de la historia. Por suerte me equivoqué, el paseo fue sólo para narrarme la historia de la separación con el club de al lado (San Jorge) y el por qué le decían a esos los “culo roto”: la explicación era sencilla, en la parte posterior del predio de San Jorge el alambrado estaba roto. Simple no?, bueno… bienvenidos al mundo del rugby.
El entrenamiento empezó ya todo esto nadie me había preguntado mis conocimientos, que de hecho ni siquiera alcanzaban para entender las reglas: para mí un drop sonaba a un recipiente para tomar cerveza. Pero el principio del final de esta historia del “día en que fui un Puma” se inició en un line (cuando lanzan la pelota desde el costado y están los dos equipos formados de frente y se eleva a un jugador para tomar la guinda en el aire).
Resulta que desde chico ya era grandote en altura por lo que al DT (que ni el nombre me había preguntado) se le ocurrió que yo tenía que ser quien saltara para tomar la guinda. Las primeras pruebas fueron un fiasco, a juzgar por la reacción del idiota del DT.
Palabras como “la puta madre acaso tenés pies de plomo o le tenés miedo a la altura; con esa altura tenés que saltar más alto pendejo de mierda”, rompieron mi nunca iniciado romance con el deporte cuyo elemento de juego es una pelota de fútbol mal hecha.
Para qué precisar la cara que le puse y lo que le dije al DT de cuarta ese cuando terminó el entrenamiento. Basta con decir que al otro día a la siesta me fui a jugar un fulbito al parque con amigos y desconocidos. Me sentí muy bien, la pelota era redonda, como en todo deporte serio.

8 comentarios:

Gus dijo...

Asi que todos los argentinos estáis hoy pendientes de un hilo...que halla suerte! Raquel

Gabriela dijo...

jaja y tu experiencia termino se dia? que mal parido ese dt jaja

Blog de Periodismo dijo...

pendientes y contentos, pasamos a semi jeje

gaby: ese día fue el 1ro y último. si hubiera aguantado quizás hoy me hubieras visto en tele ... jejeje

Javier

Evan dijo...

Cheeeeeee, en el 98 ya tenías celular??? mmmmmmmmmmmmm

Yo era una alumna aplica y estudiosa jajaja de esas tragas, con lentes y rodete!!

Un beso Javi!

Carolina Sandoval dijo...

Hola javier.

te pasaba a saludar y saber como estabas.

espero estes super.

Pásate por mis blogs.

Bss.

Bye

Humortales dijo...

EvaN. che yo no dije que hable x celular jaja. PD: las tragas son las más sexys...

Caro: hola caro, paso regularmente por tu blog, me gusta mucho tu trabajo. besos

UMA dijo...

A mi cuando me cortan nunca me hace Tuu tuuu tuuu tuuuu
:(

Pitoti2 dijo...

Tuve una experiencia similar, ya que en una de las tantas ciudades y escuelas que transité en mi niñez, recalé en un colegio Marista y como buen "cura", tenía que jugar al rugby.
Los entrenamientos estuvieron fantásticos, especialmente los choripanes y hamburguesas al final. Pero en el primer partido en serio, me metieron un zapatazo con tapones y todo en la cara, que me hizo meditar acerca de la dicotomía entre la pasión deportiva y mi integridad física, predominando esto último, así que seguí entrenando ese año (por los choripanes) pero no jugué, hasta que se avivaron y tuve que cambiar de deporte.