5/10/07

El mate: mi enemigo íntimo

Esta historia arranca en un lugar que en el futuro estuvo muy ligado a mi problema: en el baño. Allá por 1.994 yo comencé a probar con continuidad esa rara infusión que en Argentina llaman el mate y que supuestamente nos identifica a nivel mundial. Ese día de hace 13 años en el baño, comprobé que el mate es bueno para el “tránsito lento” y sobre todo si no estás acostumbrado a tomarlo.Inclinado al vino y la cerveza el tiempo fue pasando profundizando la distancia entre esa cosa con bombilla y yo. Un día de 1998 tuve la suerte de viajar a Uruguay y conocer a un lindo grupo de chicas, que como buenas orientales andaban con el mate bajo el brazo (no comentaré lo que tenían entre las piernas); entre playas, calor y diversión, ese verano se produjo un acercamiento diríase casi forzoso con el mate, que me llevó a tener una historia de “fugas”. Fue así:
El caluroso miércoles del febrero uruguayo nos encontró en el atardecer de una playa de San Ignacio, entre mates, mujeres, mates, amigos, mates, chistes y más mates. El camino de vuelta por la rambla empedrada hasta el departamento resultó dificultoso, apretado: quién sabe cuántas decenas de mates habían generado una estampida en mis intestinos, una huida hacia el exterior: bueno, hablemos en español: me estaba cagando.
Por esas cosas que tenemos los hombres cuando estamos conociendo a alguna chica fue obvio que este macho que escribe se la quiso aguantar y armó en su acelerada cabeza un plan para disimular. El primer operativo resultó inconveniente y temerario: hacerme el tonto y alejarme unos pasos para probar descargando un poco de aire, bueno, hablemos en español, para tirarme un pedo, fue negativo. Me di cuenta que no había aire, sólo líquido presuroso por salir.
Mi segundo operativo, ya no de simulación sino de salvataje (del honor, del medio ambiente y sobre todo de mi ropa) consistió en darle un abrazo para así apurar el paso, pero ella me alejó.
-Epa, epa, avanzan pronto los argentinos...
Qué avance ni avance (pensé yo). ¡Me estoy cagando boluda!.
La viveza criolla fue mi tercer intento. Le propuse un desafío internacional, los viejos conocidos países separados por el río de La Plata competirían a través de un hombre y una mujer corriendo hasta el departamento.
-No, no, aprovechemos la tarde, no me gusta correr. ¿Y si vamos a tomar un helado? -me batió (uy, en este caso batir no es una palabra conveniente para semejante indisposición) con su lindo rostro charrúa.
-Te parece… los chicos nos deben estar...
–Sí, sí, sí, me re parece che –se respondió sola y encima imitando los términos típicamente argentinos.
–Esperando... alcancé a completar la frase justo antes de que me tomara del brazo y me desviara de mi destino de baño para ir a una heladería.
–¿Cuántas cuadras hay hasta la heladería? –pregunté temeroso y ya casi retorcido.
–Como 20.
–Mmm...
Entre la hermosa caminata de verano, el helado y la vuelta, pasó una hora. Cuando entré victorioso en el departamento una voz resonó en la casa: “Chicos son ustedes...ya voy me estoy bañando”. Era Clara, la amiga de mi reciente conquista.
Estaba ocupando el baño, me estaba dando el golpe del nocaut. Estaba comenzando a escribir el libro (bueno, folleto) en el que ellas me recordarían como el argentino que se cagó, literatura aparte.
Gané una pieza con la esperanza de que sentado resistiría unos minutos, pero esa acción sólo me devolvió a la realidad. Al hacerlo sentí algo húmedo en mi cola, algo inconveniente. Pero eso sentí con mi sentido del tacto, peor fue lo que sentí con el sentido del olfato. Para qué hablar, no quiero ser grosero.
Abrí las ventanas, rocié medio desodorante en el aire y comprobé que el Axe y cierto olor no se llevan bien. Comprobé que el departamento que alquilaba era muy chico y, al levantar la vista, comprobé que no estaba solo: ella me miraba arrugando la nariz.
Al regresar a Argentina quise olvidar semejante afrenta al ser varonil y sólo recordé el hecho recientemente cuando acusamos a Uruguay de contaminar el río con las papeleras: me dije “ahora ellos contratacan recordando mi caso”. Por suerte no fue así.
El tiempo curó las heridas y el odio que en mí se afincó hacia el matecito. Hace unos días volví de Inglaterra, donde (les parecerá raro) uno insiste en señalar su idiosincrasia. Volví al mate. En el segundo día estaba tranquilamente hablando con una holandesa, una sueca y una bella inglesa de la alta sociedad mientras bebía mi mate al borde del Támesis. Fue en ese momento que una patrulla de la policía londinense se paró raudamente a nuestro lado.
–Cagamos, esta holandesa debe ser traficante de cocaína –prejuzgué.
Pero no. Los ingleses me pidieron documentos a mí, me acusaron de estar bebiendo algún tipo de droga. De nada valió mi fundamentación sobre esta tradicional infusión gaucha: me pasé tres días en cana. Al cuarto día se me vencía el pasaje.
Hoy estoy en mi casa, mi hermana me acaba de ofrecer un mate. Estoy temblando…

5 comentarios:

Willowcita dijo...

San Ignacio, Inglaterra.. todo muy top.. pero mate? no darling.. eso es de caches, jodete por andar haciendo grasadas.
Me lo dejás ya y te tomás un Activia.

Que hacias en Inglaterra? :)

R.J. dijo...

che Wii esto es ficción, a Inglaterra no voy ni loco, y yo nunca ni siquiera me he tirado un pedo :)

Gabriela dijo...

ay querido querido si usas esa imaginacion para algo productivo, nos llenaoms de plata dijo la mosquito jeje

Evan dijo...

jajajja como me he reido!!

Así que vos decís que lo de las papeler es por tu culpa?? Ya voy a hablar con los ambientalistas!

Un beso y un matecito!!

Amo el mate!!

Kunuca dijo...

jajajaajaj, mandame tu direccion que te mando un paquete de "cachamate" que dan mas efecto asi me sigo riendo con tus historias.
beso